2008-10-17

Títeres


TÏTERES



La tarde casi oscura cabalga en los sigilosos olores del centro de la ciudad. De pronto aparecen los rostros afilados como cuchillas que cortan el viento. Translúcidos cuerpos; bailan y se escucha el acartonado ondulaje de la tela, el crujir de sus atuendos los dispersa del silencio. Los tres cuerpos se cincelan entre vientres de ocote. Sus manos tiembla; invisibles hilos de acero marcan sus pasos, caminan sin caminar, su tacto impreciso los lleva a ratoneras con anzuelos de hembra.

Los cortinajes del fondo olean el paso de los actos, la escenografía cambia. El hombre oculto descansa los brazos sobre sus rodillas. Enjuto. Su estómago truena como si sus vísceras envueltas en celofán. Su mirada rasca los rostros de los espectadores sus mandíbulas se tensan; la saliva que emprende el viaje sobre la garganta seca su nuez. La sangre punza en su cabeza como si tuviera en ella un enjambre de voces. Él solo ríe y todas sus arrugas se tensan sobre su mascara de bronce.

Hay una pausa. Los muñecos, quebrados, descansan en un trozo de franela, los alambres tiemblan en el aire, y la cruz de madera quiere volver a ser acariciada.
Los frágiles cuerpecillos han vuelto, en el último acto aparecen más histéricos; la consola los acompaña con un sosiego especial, como si la música siempre estuviera ahí y un solo momento antes se hubiera notado. El enmarañado sonido escapa escurriéndose en los patios, escrutando paredes e ignorado a sus oyentes.

La disputa eterna del bien y el mal, y el amor; las inminentes lágrimas y maldiciones se conjugan llenando la historia de dolientes sentimientos. La amargura moral resuena en los diálogos del ventrílocuo. Los ávidos espectadores se sienten únicos; sus frentes brillan, casi inamovibles sonríen estúpidamente. Los pequeños rostros prietos y jiotudos se contraen contentos. La función concluye.

El hombre se levanta y recibe la ovación de su público; abre los brazos, hace reverencia y muy lentamente toma su sombrero, camina despacio, como escaldado; el peso de su joroba hasta entonces invisible le acaricia la espalda y lo empuja a seguir andando. Varias monedas caen al fondo del descolorido sombrero. El hombre las toma con las manos, las aprieta y las guarda como si llevara el infierno en sus bolsillos. En la plaza las palomas regresan.

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