2009-03-05

Otros Tiempos

He aquí un cuentito de Alfredo Villegas




“Como en una novela de Kafka
el borracho dobló por el callejón...”
Rubén Blades



- ¡ Córrele güey, ahí viene la chota! - alerta el Chido.
- Si cabrón, nomás deja agarro la cartera – responde agitado el Zapote.
-
El Chido sabe que esta vez se pasaron de la raya. Han dejado tumefacto a un señor de unos cuarenta años, cuyo único delito ha sido decirles que no trae dinero. “Cómo que no traes pinche mamón”. Enseguida le empiezan a llover los madrazos: los lentes vuelan, el portafolios se abre, el individuo cae. El Melón saca los chacos y lo empieza a golpear en la cara. Raro en él, es el más tranquilo de la banda. Quizá el mismo miedo, quizá el cruce tan grueso que trae. Hasta la Muñeca le tunde unas patadas de padre y señor mío.

Huyen por el callejón. Por ese lugar no entra la patrulla. Ni modo que se les ocurra entrar a pata. Al interior, repleto de vecindades intercomunicadas, el callejón de la Pensil es un bunker muy peligroso, aun para los azules.

- No mames pinche Chido, te aceleraste, ese ruco nos puede traer problemas.- dice jadeante el Zapote
- ¡Ah qué cabrón! ¿Y tú por qué le seguiste mi chingón? Mejor saca el bacachá que de la corretiza me dio harta sed.

Son las diez de la noche. El saldo, salvo el susto, es bueno para el día: de tres atracos, en diversos puntos, se llevaron dos relojes, uno de ellos de buena calidad, una cartera repleta de billetes, una bolsa llena de pendejadas, pero con algo de lana, un crucifijo de oro, una esclava y un celular.

- Es temprano cabrones ¿vamos por unas pastillitas?
- Si quieres yo aquí traigo, mi Chido, ‘ai’ luego me alivianan.- se apunta el Zapote
- ¡ Ya, ya, no manches y presta pa’ la orquesta! – le espeta la Muñeca.

Bacachá, chochos, soledad, desencanto, vacío: un buen cóctel, sin lugar a dudas. Se ‘dejan ir’. ¿A quién rendirle cuentas? La noche fraterna, cómplice permanente, avanza. Pronto son las cuatro de la mañana. Seis horas de viaje y sexo , de promiscuidad y placer fácil; sin chiste para otros mortales, decisivo para la supervivencia de la banda. “Cero traiciones, cero mamadas, aquí somos uno, aunque, eso sí, yo mando y los protejo”- suele decir el Chido

Duermen un rato en la bodeguita que utilizan de guarida. El Melón prefiere ir a su casa y llegar antes de que sus jefes despierten. De hecho, es el menos jodido de la banda: clase media baja. Su papá, empleado de gobierno, destripó de ingeniería en el Poli. Su mamá, aún joven y guapa, trabaja como secretaria en una empresa mediana. Estudió hasta segundo de prepa. Quiso ser contadora, pero el casarse tan joven y tener dos hijos con sólo año y medio de diferencia la limitaron en sus expectativas. Aunque el problema no es ese; el problema es el terrible muro que se interpone entre ella y su marido. No hablan más que para discutir, en el mejor de los casos, o para comentar, en automático, lo que les ocurre en el día. Gris y plana existencia, atribulada por la falta de mejores ingresos y, fundamentalmente, por el lastre que significan sus dos hijos: Eduardo, el menor, nació con un síndrome muy raro, el del gato. Tiene pocas esperanzas de vida y, mientras, es incapaz de valerse por sí mismo. El Melón, Arturo, no tiene problemas de esa índole, su limitación mayor es la debilidad de carácter, amén de lo poco comunicativo que es, y del hecho que, a últimas fechas, se pierde por horas y a veces por días.

El Melón quiere a la Muñeca. Son novios. Con ella nadie se mete, hay una suerte de solidaridad al respecto. Una banda como ésta, se sustenta, paradójicamente, en valores que fuera de su espacio repelen, cuestionan y transgreden La Muñeca es para él la fuerza que no encuentra en otra parte. Está mucho más jodida que él, no es agraciada. Quién sabe por qué chingados le pusieron así, pero es suya, y eso hasta el Chido lo respeta.

Al día siguiente, por la mañana, cada cual desempeña sus labores cotidianas: el Melón a la vocacional, aunque nunca entre a clases; el Chido es chalán de un mecánico; la Muñeca no tiene más que hacer que escapar de su casa donde su padrastro constantemente la acosa. Ya la ha ultrajado varias veces con la clásica amenaza: “Si dices algo, te la volteo todita, además te rompo la madre”

El Zapote es feo y negro como la chingada. Su mayor virtud es poner unos descontones perros con los puños, así como obedecer, sin chistar, las órdenes del Chido por más peligrosas que parezcan. Vive con sus jefes, dos viejitos ya cansados que poco saben de este último de la camada. No es que les valga madres, simplemente fueron rebasados por el tiempo y las circunstancias. Terminó segundo año del Colegio de Bachilleres y luego se ha dedicado a pasar de un empleo a otro. Tiene record Guiness: 14 empleos en año y medio, y de las características más disímbolas: ayudante de tornero, de mecánico, empleado de baños públicos, afanador en el IMSS, chofer de microbús, dependiente en una papelería, etc. Sobra decir que de todos lo corrieron por irresponsable.

También integran el grupo el Pingüino y la Fabiola. El Pingüino es el clásico ‘pacheco’ que no hace ni madres, ni se baña, ni se peina y que, de cuando en cuando, asalta solitariamente a los cabrones que caminan por la México – Tacuba. La Fabi, es la más buena de la banda, y la que generalmente les da batería a todos, menos al Melón, pues ese tiene con queso. Estudia la secundaria abierta porque la muy güevona nunca le ha querido entrar con fe a las tareas. Su mamá es una mesera que en sus tiempos también se caía de buena, y que ahora le ‘pega’ todo el día para poder sacar pa’l chivo. La Fabiola no tiene papá, es más, no sabe quién es ni dónde anda. Su mamá nunca le ha querido decir.

Son las siete de la noche del día siguiente. El primero en llegar a la esquina es el Melón, y diez minutos después la Muñeca. Aprovechan para echarse un faje en lo que van llegando los demás.

- Espérate Arturo, ¿no ves que ahí está mi tía?
- No hay cuete, no está volteando para acá.
En eso están cuando llega el Zapote.

- ¿Qué ondita, esos palomos? No se me vayan a quebrar de amor.
Así, poco a poco, hasta dar las siete y media, llegan todos. El último es el Chido.

- ¿Qué ‘pachuca’ por ‘toluca’? ¿Ya tienen la motita? ¿O qué vamos a organizar hoy?
- Saca el guato- apunta la Fabiola –
- Va, yo aquí traigo el tequila – tercia el Zapote-
- ‘Pus’ como va – remata el Chido –
Al cabo de cuarenta minutos, todos se encuentran hasta las chanclas.
- No mames pinche Melón, pareces nuevo, ya te estás cayendo- ironiza el Pingüino.
- Déjame ser güey, estoy chido, ¿o no ves que la luna parece una gran bola de golf? Hasta siento que la puedo tocar - responde –
- ¡Chale! me cai que alucinas gacho- remató el Chido- Mejor vamos al rum, ahí si podemos escuchar unas cintas.
- ¡Va! ¿Qué tal unas de Metálica? Esos sí que están espesos – sugiere eufórica la Muñeca.
-
La música ensordecedora, estremecedora. La banda en trance. El Melón empieza a acariciar las piernas de la Muñeca, la besa en el cuello; ella empieza a excitarse. Se deja bajar las pantaletas sin rubor. Nadie ve, en apariencia, pues el Pingüino finge que tiene los ojos cerrados. El Melón interrumpe la faena pues necesita un trago. Se levanta, se sirve y se sienta, cansado, al lado de una salpicadera de vocho que sirve como depósito. Los estragos del alcohol y las pastillas son tales que se queda dormido.

Al cabo de un rato, el Pingüino se acerca. Saca un toque, lo prende y le ofrece las tres a la Muñeca. Ésta, que se ha subido ya las pantaletas, acepta.

- ¿Cómo ves si nos salimos un rato – pregunta el Pingüino.
- No mames, ya sabes que yo le tengo ley al Melón.
- Sólo para respirar tantito ¿sale?
- Sale

Afuera, un farol débil, de un viejo poste, auxilia un poco a la luna en su tarea de iluminar la noche. Son las tres de la madrugada. No hay gente, sólo un teporocho – el Rayuela – duerme la siesta en un rincón.

Empiezan a fumar la hierba y caen en un ataque de risa loca.

- ¿De qué te ríes?- pregunta desenfadado el Pingüino.
- De lo mismo que tú güey, No mames, te ves bien cagado.

La risa se torna incontenible. Las piernas empiezan a flaquear. Pasa el tiempo, y el efecto ahora es de total relax. El Pingüino se recarga en la cajuela de un desvencijado Chevrolet 54. Invita a la Muñeca a acercarse. Todavía un poco picada de la tarea que el Melón no concluyó, accede. El Pingüino se le arrima, le acaricia el cuello, la espalda. Apretuja sus nalgas...De pie, con el viejo Chevrolón como apoyo, el instinto puede más que la fidelidad pactada. El Melón, dormido ahora, no sabe que su gran aliviane, su posesión más genuina, acaba de consumar lo que él no hizo una hora antes.

- ¿Te gustó- preguntó el Pingüino
- Mucho, pero ya vámonos.
- ¿Por qué?
- Vámonos y no la hagas de tos. Es más, ni una pinche palabra Pingüino. No manches ¿eh?

Regresan a la guarida, los efectos son menores; acaso una terrible sed y un sentimiento de culpa que parece que se van a delatar con la mirada.

Todos duermen profundamente. En complicidad silenciosa, cada uno, se va a lugares distintos. La Muñeca se sienta en el lugar donde estaba esperando al Melón. El Pingüino se acuesta en el suelo, cerca de la grabadora y se duerme. Horas después la luz empieza a entrar por el cuarto: la faena ha concluido.

Pasaron varios días sin novedades mayores. En una de las francachelas, al Pingüino se le ocurre sacar a bailar a la Muñeca. Accede no muy convencida. Todos se quedan en silencio. Es raro todos saben que ella es del Melón. Éste, por inercia, reacciona, como el boxeador que ha recibido un golpe inesperado. Prende un cigarro, apura su cerveza de un trago y se pone pálido como cirio. El contraataque es muy obvio:

- ¿Bailamos Fabi?- solicita el Melón.

En realidad los celos le invaden; ahora está transparente: “¿Qué les pasa a estos pendejos?” Masculla en su interior. La cosa no pasa a mayores, una simple bailada no es para tanto. El baile concluye y cada quien sigue en su onda. Sin embargo el Melón advirtió algo en los códigos del lenguaje corporal, gestual; el simple hecho de que ese desgraciado del Pingüino se haya atrevido, puede ser una advertencia de que hay algo más.

Entre atracos, cruces con alcohol y drogas y la promiscuidad, que ahora se ha abierto a la relación del Pingüino y la Muñeca - aunque clandestinamente -, la vida de la banda transcurre sin mayores sobresaltos.

Es sábado y deciden ir al Deportivo Morelos. Se sientan en las tribunas a ver un juego de fútbol mientras pachequean. Hoy no vino la Muñeca, se tuvo que quedar a ‘hacer el quehacer’. Los demás empiezan a cotorrear a los jugadores, chavos de 13, 14 años:

- Ese pinche gordito.¿ a qué presión te inflan mi rey? – suelta el Chido, mientras todos se botan de la risa.
- Mira ese portero, parece que trae los calzones de su papá – añade el Zapote.

En eso están cuando pasa la banda del Rogelio. Todo mundo sabe que son bien cabrones y que dominan el territorio próximo al metro Panteones. La actitud, sin embargo, no es de miedo; es similar a la de dos perros que se saben con poder y reconocen el del otro. Se miran con recelo, la adrenalina sube, nadie ataca. Al igual que ocurre con los canes, alguien tiene que tomar la iniciativa o seguir su camino.

- Hola mi reina, ¿cómo le va?- Suelta un integrante de la banda del Rogelio a la Fabiola. Suficiente para encender la mecha.
- ¿A ti cómo te va pinche maricón? - Responde el Pingüino.
- ¿Y a ti quién te echó el veinte, pinche enano?

Al hacer esto todos se ponen de pie y asumen miradas y actitudes retadoras. La tensión crece, todo en fracciones de segundo.

- ¡Vente pinche chango! – reta el Rogelio.
- ¡Va conmigo güey! – se lanza el Zapote.

Se empiezan a dar una madrina de esas que sólo se ven en los barrios. Nadie interviene: son reglas no escritas de las bandas. Bronca de uno contra uno, es eso. Bronca colectiva, es otra onda. A pesar de que el Zapote pega unos descontones sabrosos, la mayor estatura y fortaleza de Rogelio acaban por imponerse. El Zapote, a pesar de estar de rodillas, se agarra de las piernas del rival, intentando derribarlo.

- ¡Ya estuvo, ya estuvo! – grita el Chido

El Pingüino ayuda al Zapote a levantarse.

- Será en otra – advierte el Chido.
- Mucho pinche miedo güey. Vámonos – Ordena el Rogelio.

La banda de Rogelio, obediente, lo sigue como líder. Hoy demuestra porqué eso no se rifa ni se vota, simplemente, se gana.

En contraparte, con la adrenalina al tope y el orgullo por los suelos, la banda del Chido se retira minutos más tarde del escenario.

Un viernes de mayo resulta decisivo en el devenir del grupo. Deciden ir al metro Tacuba a esperar clientes para el asalto. Fuman, platican y esperan, pacientemente, a la víctima propicia. Luego de una media hora aparece: una señora de unos 35 años. Parece oficinista, empleada. La siguen por las calles aledañas a la Comercial Mexicana. En una de las más oscuras, el Chido y el Pingüino se le abalanzan y la empiezan a despojar de sus cosas: reloj, cadenas, esclava, anillos, bolso. La dama grita desaforadamente. El Melón, asustado, la golpea y ella cae de nuca en la banqueta. El golpe seco presagia lo peor. Todos se quedan atónitos.

- No mames güey, ya la mataste- dice el Zapote.
- Vámonos cabrones – remata el Chido.

Empiezan a correr desbocados. Una sirena se escucha detrás de ellos. Voltean y, efectivamente, una patrulla se aproxima a gran velocidad. Corren por diferentes rumbos. El Pingüino, en su loca carrera, es alcanzado por un mini taxi. Su cuerpo vuela metros adelante. El taxista se baja inmediatamente, no tiene forma de pelarse, la patrulla viene cerca.

- No tuve la culpa oficial, el joven salió como rayo, no pude evitarlo.
- Ahorita vemos todo. Permítame sus documentos. Lara, llame a una ambulancia.

El Pingüino está boca abajo, sale sangre de su pierna. Tiene fractura expuesta.

- ¡Ay¡ ayúdenme – se queja retorciéndose.

Lo trasladan al Rubén Leñero. Después de la intervención empiezan las averiguaciones. Es otro submundo, aunque oficial.

- ¿Por qué ibas corriendo – pregunta un torvo judicial, con cara de fastidio acumulado en el día.
- Es que... tenía prisa – responde inseguro el Pingüino.
- ¿Prisa de qué?
- Por llegar a mi casa.
- No mames pendejo. ¿Qué le hicieron a la señora?
- ¿Cuál señora?
- ¡No te hagas porque te rompo el hocico!
- De veras jefe... no sé de qué me habla.
- Mira, vieron a otros de tus cuates correr. Sabemos que alguno de ustedes la mató. Si fue otro más vale que cantes, porque de otra manera te esperan largos años en la sombra.

El estira y afloje es duro. Aunque no aplican las técnicas más avanzadas del Tehuacan o la letrina. Sí golpes, hambre, humillación. El desgaste es, más bien, psicológico: penas inexistentes, abogados presionantes, inventos de que otros ya soltaron en su contra. Al cabo de dos días, el Pingüino, al fin, canta: “Fue el Melón”.

La banda, entretanto, se ha dispersado; el Melón no puede dormir, quiere fugarse pero le da miedo. El Chido lo va a visitar.

- Pélate, te van a a chingar.
- No cabrón, si es así, de todos modos me agarran.
- Allá tú, pero lo mejor es que te vayas.

El Melón no hace caso. Casi no come, fuma todo el día. El golpe del cráneo aún retumba en su cabeza.

Los golpes en la puerta son insistentes.

- ¡Voy! – grita la mamá del Melón - ¿En qué le puedo servir?
- ¿Vive aquí el joven Arturo Rivas?
- Si... ¿Por qué?
- Traemos una orden de aprehensión en su contra.
- ¿Cómo? ¿Por qué?
- El joven mató a una señora.
- No puede ser ¡No! ¡Miguel, ven rápido!

El papá del Melón se acerca de inmediato.

- ¿Qué pasa?

En ese instante la señora rompe a llorar inconsolable. Los agentes dan cuenta al señor de lo acontecido. El Melón ha estado escuchando todo, oculto en su recámara. Débil instinto de supervivencia. Su suerte está echada.

Después de las averiguaciones correspondientes el Melón es enviado al Tribunal de Menores a pasar el tiempo suficiente para que, en cuanto cumpla la mayoría de edad, ingrese a otra prisión a pasar los años más hermosos de una vida que él nunca eligió, en el sentido real de la palabra. Simplemente se alineó por inercia. Siguió al grupo como pudo haberlo hecho con cualquier otro. Como pudo haber sido obrero, mecánico, doctor o lo que sea. Más que una perversidad, la consecuencia final no es sino la suma de actos débiles y cobardes. Su debilidad ha sido tal que nunca eligió, rechazó, aceptó o pensó, bien a bien, lo que más le convenía. Como el Melón hay muchos. No es el más malo, es el más débil de ese grupo. La circunstancia recayó en él no tan fortuitamente como parece: el Melón se tragó a sí mismo. La vida nunca tiene un lugar para los medrosos. No importa el talento, ni qué tan sólidos sean los lazos familiares. En esta sociedad sobreviven, como sea, los que pisan fuerte; no importa que perversos o virtuosos resulten. Los débiles derivan, flotan. Por ende, la vida, como tempestad, en algún momento los ahoga.

¿La banda? Cada cual, a su modo, la libró. No hubo agravantes mayores que no pudieran ser librados después de amonestaciones y fianzas. Conservaron su libertad.

Con el tiempo, el Chido es ahora chofer de una pesera, se sigue dando sus toques, pero leve; tiene dos hijos, una sumisa esposa y sólo quedó en él la agresividad que canaliza en el volante, rompiéndose la madre con el que osa cruzarse en su camino. Nada serio.

El Pingüino con la cicatriz en la pierna, un leve cojeo, veinte kilos más y una recompensa que, a la larga, se ha convertido en un bumerang de sentimientos culposos: vive en unión libre con la muñeca, y cada que ve a su hijo, que sí es de él, recuerda, sin embargo, al Melón. El chavillo es débil e inseguro como el que hoy se funde en la prisión y al que dos veces traicionó. Además, piensa de la Muñeca: “si algún día le hizo eso al Melón, quizá me haga lo mismo”. Ahora cero drogas. Alcohol, sí, mucho.

Los demás, nada que valga la pena contar. Sin embargo, el Zapote es obrero, la Fabiola es mesera. Sus vidas grises, añoran, a pesar del desenlace, aquellos días donde, aun en la inmundicia, la droga, el sexo y la violencia se sentían parte de algo. Sentían que existían... ¿La solidaridad? Ah, eso fue en otros tiempos. Al Melón sólo lo visitan sus papás los fines de semana.

1 comentario:

confi dijo...

salvo la moraleja final que ajusta precisa para los chavitos d la secu me gustó el cuento.
de estas lecturas me gustan pues son como cortometrajes, recomiendame una recopilación o algo así no?
por momentos me imaginé a nice en sus tiempos de chica banda jajajaja